domingo, 16 de enero de 2011

Prometo no aburrirte.

Hna. Mariana Bercini
MUP


            Después de haber leído el capítulo 3 de El taller de la Filosofía, ante tal cúmulo de “bien escribir” (cómo, cuándo, dónde, géneros literarios, currículo, recensiones…), se me ocurrió el siguiente pensamiento: ¡qué pérdida de tiempo haber escrito algo-corto o largo- y qué la gente se aburra! ¿Aburrir? ¿Qué es eso?
En la antigüedad se pensaba que el cuerpo producía humores negros causantes de la melancolía. El siglo XIX habló del esplín, la modernidad lo combatió con la utopía y, la post modernidad ha hecho del aburrimiento una experiencia colectiva que llegó a ser tema central de la prensa amarilla, las consultas psiquiátricas y la obsesión por ocupar el tiempo libre.
La reflexión que voy a desarrollar puede ser perfectamente titulada: “Autobiografías de millones de niños ¿inquietos?”, y responde a la pregunta: ¿Por qué nos aburrimos? Cuestión que se puede abordar desde distintas perspectivas: la filosófica, la médica (patológica), la psicológica, la literaria y la sociológica, pero la más oportuna en este momento es la “experimental” o “personal”.
Del aburrimiento han hablado autores como Pascal, Rousseau, Kant, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger… en el ámbito de la filosofía, y en literatura, autores como Goethe, Flaubert, Stendhal, Mann, Beckett, Dostoyevski, Baudelaire, Byron, Pessoa…y así podríamos hacer una lista interminable de por ejemplo psicólogos y psiquiatras.
             V. Jankelevitch, define al aburrimiento como un sentimiento, con mil rostros contradictorios. Es a la vez, la indiferencia o el mínimo interés por lo que sucede. No es escrúpulo ni preocupación, ya que la preocupación requiere al menos una materia, algo por que preocuparse, sin embargo el aburrimiento carece de materia. El aburrimiento es apoltronarse. El aburrimiento es una decepción. Un desengaño. Leí hace un tiempo que el aburrimiento es lo imposible a punto de realizarse.
            ¿Quién no se aburrió alguna vez? Es más, me atrevo a afirmar que tal estado no puede entenderse exclusivamente como consecuencia de la idiosincrasia individual, pues se trata de un fenómeno que abarca muchos o todos los aspectos vitales, de hecho, no es solo un estado interior, sino también una característica del mundo que nos rodea, pues somos testigos de una serie de prácticas sociales que “rezuman” aburrimiento. Ahora bien ¿el mundo se nos presenta como carente de sentido porque nos aburrimos, o nos aburrimos porque el mundo no tiene sentido? En la actualidad el ruido nos llama sin cesar, la neurosis del aburrimiento, que hace estragos en los países más ricos, se explica por la falta de vida interior y desde una perspectiva personal, considero la causa del aburrimiento la falta de valores en una sociedad en la que ya cuentan poco. En las universidades no se imparte ningún curso sobre el aburrimiento, y nuestra única experiencia del mismo es que solemos aburrirnos mientras realizamos nuestros estudios, sobre todo de asignaturas que realmente no te gustan o te cuestan. Una persona aburrida puede que sea inactiva, carente de eje, pero conozco personas hiperactivas que precisamente por ser así no soportan estar haciendo lo mismo más de un tiempo determinado...
            El tedio resulta surgir cuando nos resulta hacer lo que queremos hacer, pero, ¿si ignoramos lo que queremos hacer? Y aquí se haya uno de los problemas de la sociedad actual. El joven de hoy no sabe lo que quiere hacer, porque si tuvo la posibilidad de alguna experiencia y se aburrió, para qué intentarlo de nuevo. ¿Qué pasa cuando perdemos la orientación en la vida? Es entonces cuando caemos en un profundo aburrimiento que se asemeja a la apatía.
            Cuando pensé en este tema para el trabajo, se me ocurrió hacer un sondeo si podía o no ser un tema interesante, lo comenté entre las Hermanas de mi Comunidad y entre jóvenes de dieciocho a veinte años. Al decirle que trataría sobre el aburrimiento, la mayoría respondieron que no eran capaces de decir si se aburrían o no; otras que se aburrían de todo y que todo les aburría, y otras que nunca se aburrían. Es natural que no haya muchas personas capaces de dar una respuesta clara a la pregunta si se aburren o no. El hombre en la actualidad dispone de más tiempo, gracias a la industria moderna, lo que no implica que este tiempo “que le sobra lo aproveche”. Hay en la sociedad una falta de interés general por las cosas sencillas, antes nos entreteníamos con poco. Echo una mirada a mis sobrinos y me abruma la cantidad de juguetes que tienen. Miro a mi  hermano, que también gozó de abundancia  en entretenimientos, y está delante del televisor mirando una película que ya había visto dos veces, porque “está aburrido “, por lo tanto es predecible que mis sobrinos dentro de unos años les pase exactamente lo mismo que a mi hermano. Y pienso ¡con la cantidad de cosas buenas que hay para hacer!
            Por ello llego a la conclusión, de que si alguna vez escribo algo y la gente se aburre, quizá lo pueda justificar con que es algo cultural, que está en el ambiente. Y aunque produzca pena decirlo, el incremento de los índices de tedio significa una deficiencia grave de vida social y cultural.
            No existen estudios fiables de la cantidad de personas que se aburren, las cifras varían. Por eso es muy difícil decir si el aburrimiento remite, aumenta o se presenta constante entre la población. A lo que a mi respecta, personalmente, lucharé para no caer en este estado, cuyas consecuencias son desagradables, y al mismo tiempo, intentaré no hacer caer a otros en el mismo estado.
            Hay una frase que al leer un libro, el cual no recuerdo, me llamó la atención por su realidad: “no nos resulta difícil perdonar a quienes nos aburren, pero jamás perdonamos a aquellos a quienes nosotros aburrimos”.


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