sábado, 15 de enero de 2011

El corazón del artista.

Hna. Carmen de la Flor
MUP
            Mientras leía el capítulo tercero del libro del taller de la filosofía me preguntaba: “Pero, ¿cómo escribir?”[1] Y acto seguido encontré la respuesta: “Pues escribiendo, despacito, una palabra, detrás de otra”[2]. Porque “No existe inspiración, o la inspiración es más bien verbum cordis, palabra del corazón. Frente a la existencia lógica de las ideas en la razón especulativa que filosofa, las ideas viven en el corazón del artista como formas y sobre todo crecen en las manos del filósofo cuando escribe como en las del artista cuando esculpe o pinta”. [3] Y de esta forma me dispuse a escribir aquello que llevo en mi corazón. Aquello en lo que reflexiono y siento…
         En estos días en los que me disponía a redactar mi currículum vitae me daba la sensación de que poco podía decir, de que nada en mi vida tiene un especial interés. Mi vida tiene de grandeza que soy un alma consagrada pero poco más, ya que ingresé en el convento muy joven y no me dio tiempo a hacer mucho.
         Al pensar en mi currículum pienso en mi hermano, que tiene cuatro años y medio menos que yo y la diferencia de títulos y aspiraciones es muy grande. Él ha terminado la licenciatura en Publicidad, la Diplomatura en Turismo, un máster de calidad europea en la Universidad Complutense, por el que aún realiza sus prácticas como becario en una de las mejores empresas de publicidad en España, y estudia a distancia los dos últimos años de la Licenciatura en Periodismo. Pero a pesar de todo esto no está contento. En realidad, él siempre quiso dedicarse a la investigación, desea desde hace varios años hacer el doctorado y ha movido Roma con Santiago para poder pagarlo mediante una beca pero siempre se queda a las puertas, ya que mis padres no pueden ayudarle.
         Si quisiera, le han ofrecido hacerle un contrato en la empresa en la que trabaja pero cree que se aprovechan de los recién licenciados, les pagan poco y trabajan mucho. Ahora ha decidido ir a trabajar al extranjero. Pero tiene que pasar una ardua selección. En principio eran unos quinientos aspirantes, de los que solo quedan veinte, para ocupar unas cuatro o cinco plazas. Lo tiene duro, es cierto, pero es optimista, emprendedor, tiene muy buena presencia y mucha labia. Además es trabajador y perfeccionista, a la vez que formal. Un elenco de valores que se echan muy en falta hoy en día. Pero tiene un gran defecto: se considera agnóstico.  De niño era muy piadoso y por él yo comencé a ir los domingos a la Santa Misa, ya que hacía muchos años que había dejado de asistir. A él le dolió palpablemente mi ingreso en el Noviciado ya que lo dejaba sólo en casa con quince años, quizás cuando más me necesitaba. Siempre he pensado que se enfadó con Dios pero que algún día volverá al buen camino.
         Debo confesar que quiero a mi hermano con toda mi alma y que lo admiro por todo lo que ha hecho con solo veinticuatro años recién cumplidos, pero me da mucha pena comprobar que aunque aparentemente todo le sonríe, también en el plano sentimental, ya que lleva siete años con su novia, sin embargo, yo noto en su conversación y en su mirada, insatisfacción. Él siempre busca más, siempre quiso ser el mejor en todo, en pocas palabras: su corazón tiende a la perfección. Y ésta sólo la puede alcanzar en unión con Dios.
         Yo, sin embargo, apenas tengo una carrera. A diferencia de él que habla cuatro idiomas, solo me defiendo en el español. Y ya voy camino de los treinta… pero tengo la certeza, la alegría y la satisfacción de haber encontrado mi lugar en el mundo. Si algo me causa pena es no ser más consecuente con mi llamamiento, quedarme en ocasiones demasiado en mí misma y no saber trascender como debo. Pero, por lo demás, no necesito nada. No me importa dónde iré y dónde dejaré de ir. No tengo mayor aspiración que la lucha por mi santidad.
         Y soy consciente de que observar a mi hermano es ver a una persona luchadora, en creciente deseo de superación. Lo triste es cuando percibo a mi alrededor chicas que nada les llena en esta vida. Pasan por el mundo inmersas en la pereza. En el “me apetece o no me apetece”. Son parásitos que viven del esfuerzo de sus padres. Y lo peor es que consideran que hacen bien, que son jóvenes y que tienen que vivir la vida.  Son estudiantes y no estudian, que ocurrirá cuando sean trabajadoras… ¿no trabajarán?... la virtud no se consigue en un día.
         Nosotras intentamos ayudarlas y, gracias a Dios, vemos en ellas, a lo largo de los años, cambios notables que nos ayudan a no desanimarnos en la lucha. Porque, en algunas ocasiones, parece que, hoy en día, la educación y la formación en valores nos corresponden a nosotros los educadores más que a los padres.
           



[1] Nubiola, el taller de la filosofía, p. 175

[2] Nubiola, el taller de la filosofía, p. 175

[3] Nubiola, el taller de la filosofía, p. 173


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