sábado, 15 de enero de 2011

POSEES LOS MEDIOS, ALCANZA EL FIN.

Hna. Carmen de la Flor
MUP


¿Cualquier edad es buena para desarrollar la vida intelectual? Algunos autores afirman que no. Cada uno de nosotros estamos orientados a uno u otro saber, el intelectual o el práctico, y desde pequeños se configura nuestra tendencia. Por experiencia personal creo que esto no es del todo cierto, y que como dice Don Jaime Nubiola: “cada uno es como quiere ser”[1]. Recuerdo dos casos concretos que me ayudan a pensar así:
El primero es el del  hermano de una amiga, que decidió a sus dieciocho años recién cumplidos, que después de estudiar C.O.U. (Curso de Orientación Universitaria, vigente hasta el curso 2000/2001) abandonaría el estudio y se dedicaría a trabajar. Su padre, hombre sabio, no por sus estudios, ni títulos universitarios, sino por todo el saber que los años de experiencia le habían proporcionado y, deseando que su hijo, sí pudiera tener los títulos que él no había tenido, decidió introducirlo en el mundo de la construcción en el que él mismo trabajaba como dueño de una empresa. Pero no colocó a su hijo en la administración, ni en lugares fáciles, sino que el trabajo que Alejandro realizaría, así se llamaba el chico, sería de peón de albañil. Y pidió a sus trabajadores que dieran a su hijo los trabajos más duros y cansados.
            Alejandro era un chico fuerte y testarudo y estaba dispuesto a trabajar cuanto hiciera falta. Todos los días madrugaba para estar en la obra y llegaba a casa rendido. Así aguantó todo un año, en parte, porque él había tomado una decisión, en parte, porque no quería hacer lo que él intuía que sus padres deseaban: que volviera a estudiar.
            Pero un día al levantar se preguntó a sí mismo: ¿qué necesidad tengo yo de estar toda mi vida trabajando de albañil? ¡Quizá pueda seguir estudiando y trabajar en algo que verdaderamente me guste! Y una vez más, fue a su padre para comentarle su nueva decisión. Francisco, una vez más tan acertado, le dijo que no tenía inconveniente en que eso fuera así, pero que debía terminar su contrato, que aún le faltaban dos meses, que lo siguiera considerando y que si continuaba con esa idea de volver a estudiar que él no se opondría. De esta forma, Alejandro no vio en su padre un excesivo deseo en que siguiera estudiando y creyó que esta decisión era totalmente suya. Durante los dos meses siguientes se iba afianzando su deseo de estudiar e incluso sacaba momentos de estudio para ponerse al día y ganar todo lo que en un año “había perdido”.
            El nuevo curso, Alejandro se matriculó en la Licenciatura de Historia, comenzó a estudiar y llegó a ser el mejor de su clase, había descubierto quién era y la vida intelectual pasó a tener un papel relevante para él.
El segundo caso es el de una chica que desde muy pequeña le costaba estudiar. Era inquieta y necesitaba saltar y correr como lo hacían los varones de su edad, algo que no solían hacer las chicas. Todo lo que implicaba movimiento, incluso el trabajo físico, suponía para ella una fuente de desahogo, mientras que el trabajo intelectual, la acelereraba e inquietaba. En clase no destacaba, salvo porque era un poco payasa y su nota media era de 6, a pesar de que el tiempo que dedicaba al estudio personal era prácticamente nulo. Los años pasaban y su voluntad, totalmente dormida, parecía que no iba a despertar jamás. Pero ocurrió algo insólito, para ella y para todos los que la rodeaban, sintió que Dios la llamaba a la vida religiosa y, sin saber cómo ni porqué, al final, tras mucho rebelarse ante su Señor, no pudo sino darle todo y, con ello, también, la lucha por la perfección de su voluntad. A esta chica que se presentó obligada a Selectividad (prueba de acceso a la universidad)  por su madre, pues deseaba ser monja y dejar de estudiar, el Señor la llevó por otro camino. Comenzó a ejercitar la voluntad durante su Noviciado y sigue luchando día a día para no dejarse llevar de la debilidad. Cuando menos lo pensaba, su Congregación pensó en ella para estudiar una Carrera Universitaria de letras. Y, hoy por hoy, se siente inmensamente feliz, ha descubierto la grandeza de la vida intelectual y, muy en particular, de las Humanidades. Cada día observa que puede hacerse filosofía en cualquier circunstancia, es más, que la vida es filosofía. El pensar la hace más libre, más dueña de sí misma y con ello más responsable y  eficaz en su vida consagrada, porque “la reflexión filosófica se nutre de la experiencia ordinaria: “la Filosofía es la ciencia que se limita a averiguar lo que puede de la experiencia ordinaria de cada día, sin hacer observaciones especializadas”.[2]



[1] Nubiola, El taller de la filosofía, p. 25.
[2] Nubiola, El taller de la filosofía, p.42.

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